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De perder un nombre es un proyecto en torno a los Monegros de los comisarios Isabella Lenzi (Sao Paulo, Brasil, 1986) y Manuel Asín (Zaragoza, 1978) en colaboración con el artista David Bestué (Barcelona, 1980). La propuesta, seleccionada en la convocatoria de Ayudas a Proyectos Culturales de la Diputación Provincial de Huesca, plantea una mirada renovada y transversal a este paisaje de gran valor y complejidad natural e histórica, con la intención de convocar otros acercamientos y destacar aspectos poco divulgados de su imaginario. Se trata del primer proyecto de Bestué en un territorio con el que tiene un vínculo afectivo ya que parte de su origen familiar se encuentra en Almudáfar, un pequeño municipio ubicado en la comarca vecina del Bajo Cinca, al que ha regresado periódicamente desde su infancia.

Las cinco esculturas que Bestué presenta en esta ocasión se han ubicado al aire libre, a las afueras del municipio de Villanueva de Sijena (Huesca), en el solar que antes ocupó una construcción de adobe, así como en el cauce y las inmediaciones del río Alcanadre.

Los vestigios de un pajar de adobe situado en el entorno de Sijena se han convertido en treinta y dos esferas de ese mismo material. La edificación estaba en ruinas y Bestué ha terminado de demolerla para obtener los setecientos cincuenta kilos de barro con los que ha realizado las piezas. Estas reposan en el espacio que ha dejado el edificio, sobre los restos sobrantes de la demolición. Efímeras, tanto como la propia ruina, con el paso del tiempo se irán deshaciendo hasta volver al barro del que provienen. En la concepción de la pieza ha pesado, en palabras de Bestué, el recuerdo de «ese lodo que nunca enraíza, esas paredes de barro que periódicamente se desploman cortando la carretera de Fraga y obligando a modificar el trazado».

La alusión a procesos de superposición y sedimentación está presente también en una pieza situada cerca del adobe, en otro punto de la misma llanura esteparia. Se trata de una criba metálica, una herramienta sencilla que, aprovechando con ingenio la fuerza de la gravedad, clasifica cuerpos según su tamaño —en este caso, restos de cerámica antigua azul. En la instalación de Bestué el cedazo está inactivo, la criba ha tenido lugar en el pasado y lo que el escultor nos presenta es un resultado.

La sal que compone el pilar hincado en el cauce del río Alcanadre puede hacer referencia a la composición salina del suelo de los Monegros pero también es la formalización de un contraste, el que opone aguas dulces a saladas. Con la disolución paulatina de la sal, el pequeño río monegrino anticipa algo de su lento viaje hacia el Mediterráneo. Esa fusión paradójica se vuelve más compleja con la presencia de una segunda pieza, una cuerda de melocotón enrollada a un caballete y a un mástil de madera. Las varias vueltas que describe el melocotón en torno al caballete pueden aludir a los ciclos del trabajo agrícola. Del mismo modo, si el pilar evoca una industria histórica ligada a la sequía y desertización como son las salinas monegrinas, el azúcar del melocotón evoca el agua. La sal de una economía histórica se contrapone al azúcar de otra más moderna y próspera aunque también conflictiva, como es la industria frutícola de las vecinas comarcas del Bajo Cinca y el Segrià.

Por último, a la sombra del puente de hierro que salva el Alcanadre, en su base, encontramos una esfera hueca de cebolla apoyada en un lingote de espinacas, que evocan la pequeña cultura hortícola y una economía más modesta.

Los espacios en los que se ubican las piezas son representativos, cada uno a su manera, de los Monegros, una de las regiones más legendarias pero peor conocidas de nuestro entorno inmediato. Sobre la particular cualidad de este espacio, ha escrito Francesc Serés (Zaidín, 1972) en su libro La pell de la frontera: «En aquellas llanuras todo se volvía también llano, sin espesor, sin materia, pura abstracción (...) Una tierra que no quiere extremos porque los lleva dentro (...) Como si en un mundo tan sólido no hubiese nada que pudiese flotar sobre el resto». De modo semejante, las piezas de Bestué no solo no ofrecen una lectura unívoca sobre el territorio, sino que de hecho aspiran a fundirse paulatinamente con él ya que han sido concebidas como intervenciones efímeras.

La instalación escultórica, así como las actividades que la han acompañado —visita a las obras junto al artista y al naturalista Javier Blasco-Zumeta, impulsor a finales de los 90 de un Manifiesto Científico por los Monegros, proyección del documental situacionista Monegros (Antonio Artero, 1969)—, pretenden evocar de manera indirecta las innumerables capas de sentido asociadas a este complejo lugar y contribuir a su mejor conocimiento geográfico, biológico y estético.